Ese año, entre otras cosas, me regalaste un bonsai. Poesía en miniatura, con hojas verde claro y hojas verde más claro, troncos y ramas entrelazados, una verdadera obra de arte. Lo puse juntito a las demás plantas, pero de entrada supe que no iba a sobrevivir. El bonsai es especial, me dijo alguien. No es para tener en el hogar -insistió- porque el bonsai así, enano, te estanca. No te deja crecer. Alguien más dijo que generaba energía negativa. Y vos con el bonsai y tu corazón en las manos y tu sonrisa, siempre tan buena, llena de inseguridad y paciencia, siempre firme para amortiguar el golpe.
Pero yo lo sabía: el bonsai no iba a durar. Lo regué, le di amor, le conversé, hasta le conté de nosotros. No dijo nada, tampoco esperé respuesta. Pasó el tiempo -yo sabía que el tiempo iba a pasar- y de a poco se fue apagando. Tu bonsai, mi bonsai, no era feliz y ya no hubo nada que hacer.
Penoso fue cuando arranqué la hoja más verde que le quedaba y decidí dejarlo ir. De cualquier manera no tenía más opción que esa. Lo lloré varias noches hasta que un día me desperté y vi por la ventana el sol que asomaba. Vos ya no estabas, el bonsai tampoco pero el sol sí, ahí, iluminando la mañana.
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miércoles, 24 de junio de 2009
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